Cosecha Española: El Martillo del Señor – Capítulo 5 -

febrero 14, 2011 | en: Historias de vida





CAPITULO 5 – EL MARTILLO DEL SEÑOR

historias de vida , libros cristianos, libros cristianos para descargar, cuentos biblicos para niños Las modernas facilidades para viajar han puesto las vacaciones en el continente europeo al alcance de una sección  cada vez mayor del público británico. Nunca ha habido tantas y tan prósperas agencias de turismo actualidad, y todos los años millares de ingleses cruzan el Canal de la mancha  o el Mar del Norte procurando ansias de vagabundeo o experimentar ese agradable sentimiento de alejamiento que sólo se obtiene entre gentes de otro idioma. Muchos de esos países de turismo pertenecen  a la religión católica romana, y toda ciudad importante  tiene una superabundancia de iglesias. Brujas, por ejemplo, con sus 51.000 habitantes, tiene una iglesia  por cada mil habitantes, y una mas, o sea, 52. Desde Pascua hasta el final del verano, las más notables de ellas ven un constante desfile de visitantes que contemplan con interés diversos altares, imágenes y colgaduras, o siguen al sacristán que, con total desinterés por toda referencia religiosa, diserta sobre arquitectura y ornato.

 

Empero doña Lidia no fue a España como turista, sino que habiendo oído del cautiverio espiritual de su pueblo, tenía apasionadas ansias por llevar el mensaje libertador  de la Palabra de Dios a aquellos cuya ignorancia es el principal baluarte del dominio eclesiástico sobre las almas. En el año 1888, con su hermano, el doctor J. P. Brooks, visitó por primera vez la catedral de Santiago, en Galicia. Su ornamentación y sus prácticas ritualistas, las devotas figuras arrodilladas ante cirios encendidos y la atmósfera cargada con el olor del incienso no fueron para ella meras curiosidades turísticas, que después de excitar una débil piedad son pronto olvidadas, sino un solemne desafío a hacer algo  para disipar las tinieblas de la superstición con la luz del Evangelio.

 

Habían llevado consigo trescientos ejemplares del evangelio de San Juan, que decidieron distribuir sin demora. Queriendo atraer lo menos posible su atención, convinieron en que el doctor Brooks iría sólo, siendo su propósito visitar las tiendas de las calles principales, colocar el libro sobre el mostrador, ofrecerlo como un obsequio y desaparecer sin que la persona encargada tuviera oportunidad de iniciar una conversación que derivara en discusión sobre temas religiosos. De esta manera había colocado en poco tiempo toda la partida. Dejando la imperecedera semilla sembrada así en Santiago partió apresuradamente para encontrarse con su hermana en un punto establecido de antemano.

 

Durante varias semanas nada se oyó, pero el germen de vida no podía dejar de manifestarse tarde o temprano. Indudablemente muchos de los evangélicos fueron a manos de sacerdotes cuando algunas personas tímidas confesaban tenerlos en su poder. Las nuevas de la distribución llegaron finalmente a oídos del Arzobispo, quien lanzó una ardiente pastoral, ordenando a los fieles buscar y destruir los libros perniciosos que habían sido repartidos en la ciudad por un médico inglés. La influencia de los mismos era tal, manifestaba, que podría mimar la fe en la Santa Madre Iglesia. Y en esto decía una solemne verdad. No había dudas en cuanto a la identidad del distribuidor, pues aquel día, temprano, el doctor Brooks había visitado el hospital, consultando con los médicos, discutiendo y examinando instrumentos.

 

El arzobispo, en su alarma, exhortó a los fieles católicos a negar todo trato a los extranjeros, declarando que aunque sus palabras fueran hermosas, detrás de ellas estaba el veneno de Martín Lutero, el archienemigo, de la Iglesia Católica y de todo lo bueno, aunque hablaran como ángeles.

 

La gente, sencilla e ignorante, sea que creyeran o o tales declaraciones, se dejó arrastrar a la obediencia por el temor de ser mal visto y objeto a su vez de represalias, y doña Lidia encontró que los vendedores no querían servirlo. Tuvo que ir lejos para poder comprar carne y leche, pero todos los inconvenientes que encontró fueron más que compensados por una íntima alegría, estando plenamente convencida de que el encono del prelado daba la medida de su desconcierto, convicción que se vio confirmada cuando oyó que él había manifestado ante el clero de la ciudad: “Le temo más a la Biblia de los pastores protestantes que a todos los cañones que pudiera mandar Inglaterra.” Este involuntario testimonio de la potencia de la Palabra de Dios arrancó de labios de la misionera la jubilosa exclamación: “¡Alabado sea Dios! Su Palabra es sin duda un martillo que quebranta las piedras.”

 

VISITA Y LABOR EN CUENCA

 

La característica más notable de la actitud de tan instrumento es la precisión con que aplica sus golpes. Todo fiel siervo de Dios ha tenido abundantes oportunidades  para observar este asombroso fenómeno.

 

Para doña Lidia ha sido una experiencia frecuente, pero en ninguna oportunidad fue empleado el martillo de un modo más certero que cuando su visita a Cuenca, ciudad del Sur de España, dominada en todo sentido por la catedral, que ocupa una posición elevada en la falda de una montaña. El lugar fue en un tiempo famoso por su Inquisición, y hoy se muestra al visitante el edificio desde el cual sus infortunadas víctimas eran despeñadas. Todavía es un baluarte de la influencia católicorromana, y como tal inevitablemente apeló al alma compasiva de doña Lidia, quien se sintió obligada ir allí a predicar las inescrutables riquezas de Cristo.

 

Siendo uno de los apoyos del poder clerical la renuncia por parte de los fieles a pesar por su propia cuenta, sus adherentes adquieren una actitud mental hacia las cosas espirituales que constituye un verdadero anacronismo en el siglo veinte. Por lo tanto, el lenguaje claro y directo, que no es susceptible de más de una interpretación,  es lo más adecuado para combatir las supersticiones medievales. Habiendo presentado al pueblo de Cuenca la Palabra de Dios que puede hacer apto para la salvación, a todo aquel que cree, Lidia comenzó a exponerla en términos sencillos, aplicando el martillo de la Palabra del Señor a las doctrinas no concordes con ella.

 

Pocos días después, se hallaba escalando una colina, no lejos de la catedral, cuando un hombre, empleado como “guarda de la montaña”, reconociendo a la señora a quien había escuchado en la reunión protestante, salió excitado de su cabaña. Para él era un oportuno encuentro, porque desde aquella noche los pensamientos se atropellaban en su mente produciendo una verdadera tempestad en su ánimo, y esa mañana había oído algo que aplicaba otro golpe demoledor a la fe de toda su vida. Saludándola con toda deferencia, le preguntó: “¿Sabe usted, señora, lo que ha ocurrido anoche en la catedral?”

 

Doña Lidia ano había oído nada, pero el guarda no necesitaba que se le incitara a relatar su espantosa historia. La noche anterior, según se afirmaba, un sacerdote estaba ocupado en la sagrada ocupación de arreglar el altar. Mientras él andaba de acá para allá, cumpliendo su tarea, ardían altos cirios arrojando su luz incierta sobre los ornamentos, los cortinajes y la imagen de la Virgen. De pronto, el sacerdote hizo un movimiento en falso y provocó sin darse cuenta la caía de un mechón encendido incendiándolos.

 

Horrorizado ante la catástrofe, el sacerdote salió de la catedral, pero antes de que pudiera obtener ayuda para extinguir las llamas, “Nuestra Señora” estaba convertida en una pavesa.  “Y ahora”, agregó el guarda, “las monjas andan de recorrida por la ciudad juntando dinero para una nueva virgen.”

 

El acontecimiento era suficientemente notable, dentro de sus  propios límites, como para señalar una intervención especial de la Providencia, pero su significación principal estaba en la relación con el discurso de doña Lidia, que el guarda y otros ciudadanos habían escuchado. Con los ojos dilatados de asombro, el hombre le recordó sus palabras:

 

-Usted dijo la otra noche que era una insensatez confiar en la imagen de la Virgen, porque si se le prendiera fuego se quemaría tan fácilmente como una silla o un taburete. Y esto es justamente lo que ha ocurrido, ¡y a la gente se niega a dar dinero para otra! Si no ha podido salvarse a sí misma, dicen ¿cómo podrá salvarnos a nosotros?

 

A su debido tiempo, el martillo del Señor había aplicado un golpe demoledor a la superstición, y la imagen convertida en ídolo popular por los habitantes de Cuenca, había sucumbido a el.

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