Cosecha Española: “Fueron apredreados” – Capítulo 6

marzo 14, 2011 | en: Historias de vida





 

historias de vida , libros cristianos, libros cristianos para descargar, cuentos biblicos para niñosCAPITULO 6 – “FUERON APEDREADOS”

Como campo misionero, España ha estado siempre, en gran parte, “fuera del mapa”. La patria de Cervantes, con sus cielos azules, sus pintorescos atavíos y sus guitarras, en los últimos años ha empezado a ser considerada como un atractivo país de turismo; y siendo tan conocida por su proximidad a nuestras playas, carece  del atractivo misterioso de tierras más lejanas, con sus florestas tropicales y aldeas nativas pobladas de salvajes que no tienen respeto por la vida. El riesgo que implica el llevar el evangelio a esas razas ha apelado siempre al instinto de aventura del hombre que, haciendo a un lado el temor y desechando las gratificaciones personales, escoge más bien el lugar de peligro donde sean más necesarios el heroísmo y la osadía.

 ESPAÑA, PAIS DE MISION

 El hecho de que España haya sido en gran parte pasada por alto desde el punto de vista misionero, probablemente se deba no sólo a su relativa familiaridad, sino a que no han sido reconocidos debidamente ni su desesperada necesidad del evangelio ni los peligros que puedan encontrarse dentro de sus límites, con el resultado de que España y su hermana Portugal están lamentablemente poco evangelizadas. El Congo, con toda su oscuridad, tiene cuatrocientos misioneros para ocho millones de habitantes. Japón, considerado como uno de los países más descuidados, tiene 6.300 misioneros, pastores y evangelistas para su enorme población de setenta millones. España y Portugal juntas tienen una población total que se aproxima a los treinta y cinco millones, empero es dudoso que en toda la Península pueda hallarse un centenar de misioneros. Alguien que al presente está sirviendo a Dios allí declaró recientemente que, viajando desde la frontera hasta su hogar, al sur de Madrid, una distancia de 450 millas, paso por un solo puesto misionero.

 Las condiciones eran aún peores cuando en 1870 el señor Blamire comenzó la obra en Galicia la más grande, la más pobre, la más populosa y la más católica de las regiones del país, a la cual le había llamado la atención el señor R. C. Chapman, de Barnstaple, quien haciendo una gira por España había comprendido su necesidad y había orado para que fueran enviados misioneros allí.

 El señor Blamire descubrió que los gallegos son un pueblo por naturaleza profundamente religioso, apasionado, de industriosos pescadores y campesinos, pequeños propietarios que viven casas construidas por ellos mismos en sus predios, y que una vez vencidos los prejuicios debidos a su educación católicorromana, respondían con presteza al evangelio, regocijándose en su liberación espiritual. Pero en los primeros tiempos los sacerdotes, aprovechándose de su ignorancia, promovían en ellos un frenético antagonismo contra los misioneros, quienes vivían en constante peligro. Si fueron milagrosamente preservados de todo daño, fue, desde el punto de vista humano, debido a su constante vigilancia. A la señora Blamire y doña Lidia les tocaba con frecuencia vigilar la puerta del salón de cultos durante el desarrollo de los servicios religiosos, no fuera que irrumpiera algún fanático armado y asesinara al predicador en el púlpito.

 TUMULTO FANATICO EN ESTRIBELA

 Cerca de Marín se encuentra Estribela, pintoresco pueblo de pescadores, que es un baluarte del dominio romanista. Los sacerdotes, teniendo a los habitantes completamente dominados, alimentaban en ellos creencias supersticiosas que les reportaban inmensos beneficios materiales. Empleaban toda suerte de métodos para mantener vivo en ellos un saludable miedo al purgatorio, que es el más potente instrumento para conseguir que se aflojen los cordones de la bolsa. San Telmo, por ejemplo, de quien se dice que en su santa vida cubrió con creces las exigencias del más allá, tenía buenas obras de las cuales se podía disponer por distintos precios, y era explotado con mucho provecho. En muchos lugares podían verse cepillos, acompañados cada uno por una horripilante representación del estado del alma después de la muerte, cuando no se ha pagado suficiente por su paso a través del purgatorio. Esas tétricas ilustraciones, grabadas en piedra, con llamas pintadas de rojo para dar más énfasis a los tormentos infernales, estaban destinadas a exprimir el último céntimo de los bolsillos de aquella gente que, por regla general, era pobre de solemnidad.

 Tal era el antro de ignorancia y superstición en que doña Lidia fue invitada a abrir un ataque con el evangelio, por una de sus mujeres, que habíase casado con un converso de Estribela, y que ofreció su casa para la celebración de reuniones. Pero cuando aquella pareja empezó a ser perseguida por tener en su casa reuniones protestantes, se alquiló una sala de baile, y allí se realizaban las reuniones con la ayuda de sus amigos el señor Jorge Milne y señora, ansiosos de ayudar en el avance. El día de la inauguración, cuarenta cristianos españoles acompañaron desde Marín a los misioneros ingleses.

 Esa ocasión vivirá siempre en el recuerdo de quienes presenciaron sus extraordinarias escenas. Los sacerdotes,  comprendiendo que su prestigio se vería en serio peligro si los protestantes lograban reunir un auditorio, habían tratado de despertar en el pueblo una celosa oposición. ¡Cuán grande fue, pues, su desengaño al descubrir que antes de las tres de la tarde, hora en que debía comenzar la reunión, la sala estaba colmada de público! Concentraron entonces su esperanza en la multitud que, temerosa de incurrir en la ira de las autoridades religiosas, había permanecido en las calles. Tres sacerdotes se pusieron al frente de una turba indisciplinada, conduciéndola hasta la puerta del salón e incitándola a practicar las formas de violencia que más le apetecieran. Empezaron por apedrear el edificio, arrojando toda clase de proyectiles a través de la ventana que estaba en medio de una larga pared; pero no hubo ningún herido. Tan pronto como empezaron las hostilidades, se dejó un espacio vacío cerca de la ventana y  el culto continuó sin interrupción. Fracasado su intento, la turba se enloqueció, y sin consideración por los sufrimientos que causaran a hombres o animales, sumergieron gatos vivos en petróleo y prendiéndoles fuego los lanzaban por la ventana para que corriesen furiosos entre los congregados y produjesen la perturbación deseada. Pero algunos de los torturados  animalitos volvían grupas saltando sobre sus torturadores.

Sin parar mientes en las interrupciones y la incesante pedrea, la concurrencia escuchó ansiosamente el evangelio durante más de tres horas, pero como no tenían medios para iluminar el recinto, la reunión tuvo que concluir al caer la noche. Entonces llegó el momento de salir y enfrentarse con la enfurecida turba del exterior, cuyos frenéticos gritos helaban la sangre, y cuando la congregación salió se vio inmediatamente rodeada. Les arrojaron toda clase de inmundicias y piedras; algunos fueron golpeados con palos, cuernos y tronchos de repollo. Cuando el tumulto estaba en su apogeo, empezó a oírse por sobre el alboroto, repetida y claramente el clamor: “¡Matarles! ¡Matarles! Y no hay quien les pide cuentas. Aún el rey Alfonso es a nuestro favor.”

Por supuesto, hubo heridos, siendo uno de ellos un anciano que resultó con un tajo en la cara y un hombro dislocado, empero por milagro no hubo ningún muerto. Los esposos Milne escaparon con contusiones. La señora de Wirtz prestó su abrigo de piel a una pobre que trataba de proteger a su niñito de los proyectiles  volantes, mientras ella quedaba adecuadamente pertrechada con su casaca de piel de foca, los guantes de montar y la sombrilla, que usaba a guisa de escudo contra las piedras quedó totalmente destrozada.

 

VOLVIENDO BIEN POR MAL

Un boquete en la pared de la sala y una chimenea cribada atestiguaban la furia del ataque, y el pueblo o que responder ante el vicecónsul inglés por el desaguisado.  Cuando se realizó la audiencia de la causa, siete mujeres fueron condenadas a varios años de prisión. Doña Lidia estaba presente en el juicio, y sabiendo que habían sido instrumentos de los curas, intercedió ante el juez para que fuera clemente. Asombrado de tal solicitud partiera de ella, el juez exclamó”: “Señorita, ¿se da usted cuenta de que lo que buscaban era la muerte de todos ustedes? No es por su benevolencia si no quedaron ustedes muertos en el acto.” No obstante su intercesión tuvo éxito y en lugar de darles años de prisión les dieron sólo algunos meses. Fue llamado entonces el cura que había incitado a la multitud a la violencia. El juez le preguntó por qué había abandonado parroquia para ir a Estribela a la reunión protestante, cuando la mayoría de la gente está sesteando. Contestó que era su acostumbrado paseo de la tarde. Se demostró que su declaración escrita era un tejido: de embustes y fue rota en su presencia. El caso despertó enorme interés en todo el país, y bajo el sorprendente título “Ley para los protestantes”, apareció comentado en todos los diarios españoles.

Sin dejarse arredrar por el odio fanático del pueblo, doña Lidia, con su pequeña compañía de ayudantes, continuó teniendo las reuniones durante siete meses, bajo la protección de la policía, después de los cuales, cediendo a los prudentes consejos del señor Blamire, fue abandonado el esfuerzo. La situación ha permanecido sin cambios hasta el día de hoy; Estribela todavía rechaza el evangelio. Pero la conducta de aquellos que, al ser atacados no retribuyeron mal por mal, no pasó inadvertida, y la furibunda recepción que el pueblo dio a los herejes al comienzo de su campaña había de tener una secuela.

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