Inquietos: abstenerse

¿Cómo es trabajar con una persona inquieta? ¿Qué resultados trae? ¿Aceptaremos este desafío revolucionario? No siempre son aceptados ni se quiere trabajar con ellos.

Jeffrey De León
Jeffrey De León

¿Qué es lo que buscamos cuando elegimos un líder? ¿Escogemos a los miembros de la familia que necesitan un trabajo? ¿Nos rodeamos de personas que siempre dicen “sí” y que están de acuerdo con nosotros? ¿Elegimos personas fuertes, atléticas y apuestas? ¿Buscamos personas atractivas y dotadas? ¿O gente de carácter que verdaderamente ame a Dios? ¿Buscamos personas mansas? ¿Batallamos con todo nuestro corazón y con nuestras oraciones por encontrar un líder conforme al corazón de Dios? ¿Cómo escoge usted? Y si usted es líder, ¿en qué descansa?

¿Qué es un líder rebelde o inquieto? Según el diccionario, un rebelde es un individuo independiente que no va junto con un grupo o partido. El rebelde es un disidente inquieto –como un intelectual, un artista o un político– que asume una posición independiente, aparte de sus asociados. Usted puede ser inquieto por temperamento, llamado o elección. A menudo son personas excesivamente apasionadas por el llamado divino.

En cierto sentido, todo cristiano debería ser inquieto. Estamos llamados a ser diferentes, a ser luces en este mundo de oscuridad. Fuimos llamados a ser ciudadanos del cielo que no se ajustan a la pauta de este mundo (vea Romanos 12:1-2). Todos los profetas en La Biblia fueron inquietos. Muchos de los líderes más grandes de la historia lo han sido. Eran únicos, diferentes y, a menudo, mal entendidos. Veían el mundo de manera diferente.

Ellos son Pablo Picasso, los Vincent van Gogh y los Claude Monet del mundo del arte. Son los Carlos Marx y los “Che” Guevara de la política; los Carlos Darwin y los Luis Pasteur de la ciencia; los Tomás Aquino, los Sigmund Freud, los Federico Nietzche y los Fiódor Dostoyevski de la filosofía. Los que cambiaron el mundo para bien o para mal, pero lo cambiaron. Todos esos inconformes e inquietos decidieron servir a Dios u oponérsele, con todos sus dones, sus fuerzas y hasta sus últimos alientos. Hubo aquellos como el Che y Nietzche, que tuvieron tan mala experiencia con la Iglesia que dirían con amargura lo siguiente: “Dios ha muerto” (Nietzche) y “En efecto, si el mismo Cristo se me atravesara, no dudaría en aplastarlo como a un gusano” (Ernesto “Che” Guevara).

¿Por qué ese enojo? ¿Por qué ese odio a Dios? Los inquietos suelen ser personas movidas por un ardiente deseo de mejorar el mundo, ver la justicia, encontrar la verdad y revelar el verdadero significado de la vida. La mayoría de ellos no encuentran a Dios en la Iglesia. Allí los rechazan. Y, al contrario, emplean todos sus recursos para destruir al Dios que no pudieron hallar. A ellos puede usted usarlos o perderlos. Usted ve su liderazgo y los asesora en el camino que deben seguir, o espera que sean oponentes capaces y obstinados. No se detendrán ante nada en su intento por destruir a Dios, los amigos, la esperanza y el propósito que no encontraron en la Iglesia. Solo el poder de Dios puede darle a tal persona el perdón necesario para lidiar con el rechazo que, inevitablemente, llegará a invadirla. Solo el perdón de Dios puede evitarle a esa persona la amargura y la ira. Una vez que ponen en marcha su venganza, solo una luz cegadora y la voz del cielo pueden convertirlos de sus caminos destructivos.

En Hechos 9:1-20 se registra la historia de Pablo. Él es un intelectual, un triunfador más. Es un religioso y académico dedicado al aprendizaje, al liderazgo y al celo. Está consagrado a cambiar su mundo y mejorarlo. Y tiene toda la razón para estar orgulloso. Por eso hace la confesión que se registra en Filipenses 3:4-11.

Pablo es transformado por un acto divino. Dios sabía lo que hacía falta para convencer a este fanático apasionado. Requirió una luz cegadora y mucho más para cambiar su parecer. Pero una vez que Saulo supiera la verdad, nada ni nadie le impedirían que se la contara al mundo. Era un inquieto. Dios le dijo a Ananías que le mostraría a Pablo cuánto tendría que sufrir por su nombre. La verdad es que Pablo estaba dispuesto a sufrir. Era el tipo de hombre para el que su vida no valía más que la verdad. La Biblia dice que Dios hizo a Saulo para ese fin: Pablo sería el instrumento elegido por Dios para alcanzar al mundo.

Dios sabía que solo un inquieto perseveraría y abrazaría una vida de sacrificio perenne; es decir, eterna. Dios miró el pasado de Pablo y vio un corazón como ningún otro. ¡Amaba a Dios! Considero muy interesante que gran parte de la oposición a Pablo provenía del seno de la Iglesia misma. En vez de acoger a este apóstol, hubo dirigentes que trataron de competir con él, desacreditarlo e incluso renegar de él. No podían hacer frente a su unción, su visión ni a sus credenciales, por lo que trataron de rechazarlo. Pero Pablo no se desanimó. Había visto la luz.Lamentablemente, no todos los inquietos son tan persistentes como este apóstol.

Cazatalentos
inquietoMuchos líderes detestan a los inquietos. Les temen. Los inquietos hacen muchas preguntas. Resuelven todo. Investigan dentro y fuera de la Iglesia. Incomodan a los líderes. Inquietan al complaciente y hacen que se sienta condenado. Sin embargo, si su inquieto está dedicado totalmente a servir en su medio, entonces se gana el derecho de hablar y a ser respetado. Usted debería escuchar atentamente a esos perspicaces líderes. ¿Está usted resistiendo a Dios o al hombre? Recuerde, todos los profetas eran inquietos al extremo. Usted debe, como líder, aprender a verse a sí mismo como un buscador de talentos. Debe conocer a sus ovejas muy bien, tanto que pueda identificar sus dones. ¡Debe mantener sus ojos abiertos con los inquietos!

Debemos identificarlos y aceptarlos. Recuerde: “No hay término medio para la melancolía. O te yergue para que te realices y celebres, o te hace vivir derrotado, sin significado. No hay término medio”. Tenemos que hacerles ver el llamado de Dios para su vida. Debemos tener cuidado de no elegir a muchas personas o estrategias populares para que la Iglesia crezca. Debemos valorar a los individuos. Lo que vale son las personas, no los programas. Un cordero que ama al Pastor vale más que un rebaño que no se interesa por Él. Debemos centrarnos en satisfacer a aquellos cuyos corazones están ardiendo por conocer al Dios que los hizo. No debemos marginar a aquellos cuyos corazones han sido especialmente hechos para los transformadores propósitos celestiales. Esos son los líderes de Dios. Fueron hechos para la excelencia.

¿Quiénes somos nosotros para impedir lo que Dios les ha llamado a ser? Tenemos que cerrar los ojos para que el mundo nos cuente de su liderazgo. Debemos abrirlos y ver a quién Dios llama al liderazgo. Dios usa a los inquietos. Ellos son los que oran y ayunan a menudo. Son los que se cansan de sus ideas y críticas constantes. Los que lo cuestionan cuando usted pierde el rumbo. A menudo son los que con sacrificio prestan sus servicios en comedores de beneficencia, recolectan productos para las personas sin hogar y trabajan en programas que atienden a los hijos de usted. A menudo son los dedicados a la visitación de enfermos, tanto los físicos como los espirituales.

Son diferentes. Ven el mundo desde un ángulo distinto. Tienen opiniones. Son apasionados. Pueden ser ofensivos. No dudan en reprender a los que se oponen a su servicio ni en arriesgar su vida y su reputación para ayudar a las víctimas de abusos y maltratos. Ellos son celosos de su Dios. Están consagrados a Él y a su servicio. No son perfectos. Sin embargo, una y otra vez, este tipo de personas está cambiando el mundo. No deje que los rechacen. Ni los rechace usted. Dios se los entregó. Ellos lo bendecirán a usted y a la Iglesia si, como líder, está dispuesto a aprender de ellos. Si está dispuesto a cambiar su manera de ver al mundo, la Iglesia y al ministerio. ¿Se resiste a trabajar con los inquietos por orgullo? ¿Porque lo ofenden? ¿Lo cuestionan? ¿Está celoso? ¿Necesita sentir que tiene el control y estos inquietos, con su celo, lo hacen sentir que no lo tiene?

SeguirazgoTenemos que trabajar juntos. Dios usa mucho a los inquietos. Si podemos aprender a identificar, iniciar, aceptar y aprender de esas personas dinámicas, nos encontraremos en la vanguardia de un ministerio floreciente y piadoso. No es que no podamos ministrar efectivamente sin ellos. Sí, se puede. Pero cuando el cuerpo de Cristo está dispuesto a usar los dones de todos los miembros de la Iglesia, estará completo. Tu iglesia conquistará al mundo como nunca antes. Será una iglesia revolucionaria.

Tomado del libro: Seguirazgo de Editorial Grupo Nelson



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