La importancia del Maestro….

marzo 29, 2011 | en: Crecimiento Espiritual

La importancia del Maestro

Para aquellos y aquellas que invierte su vida en la formación de otros.

La importancia del Maestro....: crecimiento espiritual Cada maestro semanalmente tiene el privilegio de que Dios coloque muchos corazones en sus manos. ¿No es eso suficiente como para responder con solemnidad y fervor a esa vocación? Si barro fuera la vida, los maestros estamparían sus huellas en el alma.Pablo une a los maestros a la par con los pastores en la pequeña lista de la epístola a los Efesios: “Constituyó a unos apóstoles, otros profetas () pastores y maestros” (4:11). Se da a entender la estrecha colaboración que existe entre unos y otros, y la cercanía de sus trabajos. No hace falta argumentar en contra de quienes creen que cualquier hermano puede sentarse en una silla y enseñar a otros, como si Dios no hubiera dado el don según su discreción.

El llamamiento del maestro
Para realizar la tarea hay que tener vocación. Si revisas en 1 Corintios 12 los dones espirituales dados por El Espíritu Santo, verás que ser maestro es uno de ellos. La vocación es mucho más que conocimientos y muy buena disposición. Uno puede tener gracia para ser salvo, pero no para enseñar. El que así trata de hacerlo no edifica lo suficiente con sus palabras, ni es bendecido como debiera.

 La palabra maestro en griego es didaktikón, de la cual se deriva didáctica, el arte de enseñar.

Aprende a enseñar. Cuando quieran elegirte como maestro tal vez no tengas suficiente conocimiento de didáctica, pero sí disposición para recibirlo; en ese caso, es mejor esperar hasta el año siguiente e incorporarte en algún curso de preparación que te suministre los conocimientos mínimos de didáctica para que seas de provecho.

Un poco más adelante en 2 Timoteo 2:2 el mismo apóstol dice: “Esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”. Emplea la misma palabra que ya conocemos (didáchai) que significa enseñar y también la expresión hikanoí en su acepción de idóneos. Esta última palabra es la que se traduce “digno” en 1 Corintios 15:9, pero sería más exacta si se tradujera “competente” o “capaz”. El don para enseñar es recibido, pero podemos hacer mucho para desarrollarlo.

La aptitud del maestro
¿Cuáles serían las características que hacen de un maestro una persona apta?:

1. Tener suficientes conocimientos bíblicos. 2. Es preferible que no sea un recién convertido. 3. Poder hablar sin problemas. 4. Ir aprendiendo a enseñar a otros.

Espero que no seas uno, pero hay una gran disposición para ofrecerse como maestros de personas no aptas para el cargo porque padecen de desórdenes emocionales o tienen algún mal hábito. La amistad que establecen con sus alumnos, sobre todo si son jóvenes o niños, resulta más nociva que beneficiosa. Si esos u otros –espero que no seas uno– llegan a ser maestros, instruirían a través del lente de sus propias experiencias e ínfulas psicológicas originadas por sus desajustes emocionales; y podrían hacer que los ojos de sus alumnos se enfoquen en una realidad torcida.

Un maestro cuya niñez haya carecido de amor o no lo tenga de adulto, quiere, ansioso, como la tierra sedienta que espera el rocío, la ternura de niños y jóvenes discípulos. Dios nos ha hecho para el amor, y las palabras de reconocimiento son bienvenidas al espíritu no dependiente de ellas. Eso es distinto a estar enfermo de adulación, o morirse si no hay reciprocidad. Hay que estar llenos de otra cosa, que no sean las ternuras ausentes.

Un maestro lleno de gracia
Hace algunos años acompañaba a unos hermanos albañiles a recoger arena en una playa para el edificio que construíamos. Hicimos varios viajes y cargábamos el camión siempre en el mismo lugar. Cada vez que nos retirábamos dejábamos un hueco y, al volver a la semana siguiente, el hoyo ya había sido rellenado por el propio mar que se encargaba de renovar lo que se había perdido. La gracia divina es así. Por mucho que uno saque de ella, el Señor siempre tiene para prestarnos toda la que nos haga falta. Por eso nos dice: “Porque de su plenitud tomamos todos y gracia sobre gracia” (Juan 1:16). Nos hace mucha falta para nuestro trabajo, y ante todo para nuestras propias personas.

Cada vez que impartimos una clase consumimos gracia; a diario la usamos. Es el material de construcción en nuestra casa espiritual, el aceite único de las lámparas de nuestro lugar más santo.

No somos perfectos, pero queremos ser grandes cristianos, no solamente a los ojos de los alumnos, sino de Dios.

Si me preguntaran ¿qué quieres para ser un maestro eficiente? No pediría como Salomón sabiduría, sino gracia, misericordia, porque si aquello agradó a Jehová, estas dos cosas le agradarían más.

 Humberto Pérez es pastor , escritor y conferencista.

Fuente: La corriente del espíritu (periódico cristiano) 


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